jueves, 24 de marzo de 2011

La Llanada, la 'tercera vía' en minería

 

Allá donde no hay nada, era como le decían a La Llanada. No había una tienda ni para tomarse un tinto, las casas eran de tapia, los techos de barro. No había agua, ni luz ni Internet. Había oro.

En 1995, el 58 por ciento de la población de este municipio nariñense de 6 mil habitantes estaba sumida en la pobreza. Según el censo de 2005, el índice de necesidades básicas insatisfechas (NBI) era del 36 por ciento. Y en un mapa que al gobernador Antonio Navarro le gusta mostrar a los visitantes, La Llanada es un mancha blanca rodeada de un mar de negro de municipios cocaleros.

En La Llanada no hay coca, no hay homicidios, no hay bandas criminales, no hay prostitución. Hay casas de ladrillo, calles pavimentadas, agua, luz, e Internet. Empleo. Y hay oro.

La Llanada es un ejemplo de una ‘tercera vía’ en la minería. Aquella que cabe entre los dos extremos planteados por el gobierno y por las multinacionales a raíz del debate sobre la licencia para explotar el páramo de Santurbán: el de la minería ilegal y el de la minería a gran escala explotada por las multinacionales. En La Llanada, la explotación es a pequeña escala, comunitaria y sostenible.

Es un modelo que nació allí pero que se está replicando en otros municipios vecinos de Nariño como Andes Sotomayor y Samaniego. Y que demuestra las potencialidades que tiene la minería artesanal si se tecnifica y también el impacto negativo de las medidas del gobierno sobre la pequeña minería en su esfuerzo por formalizar la explotación de minerales.

La mina El Canadá, nombrada así porque la primera que la explotó fue una multinacional canadiense en los años cincuenta, es una de las cuatro licencias mineras en La Llanada. Adentro está llena de ramificaciones y un miembro de la cooperativa explota cada una de ellas.

Con el apoyo de la Gobernación, de la Alcaldía o del Fondo de Regalías, los de la cooperativa han venido comprando maquinaria para facilitar el trabajo. Con estas poleas suben la piedra del fondo de la mina para luego llevarla a la planta de beneficios.

Con el uso de nuevas tecnologías, la Cooperativa ha podido pasar de recuperar el 70 por ciento del oro que está incrustado en la piedra al 96 por ciento.

Su historia

En los años 50, una empresa canadiense obtuvo la concesión en la Llanada y trajo en helicóptero maquinaria y volquetas, abrió la carretera, y durante 15 años explotó las minas de oro. Pero un día se fue y dejó todo abandonado.

Entonces, los mineros que trabajaban la mina para los ‘gringos’ se tomaron la mina a la que bautizaron ‘La Canadá’ en honor de sus exjefes. Cada uno adquirió una porción de la veta de oro. Y como era de esperarse, comenzaron las peleas hasta que alguno de ellos tuvo la iniciativa de asociarse en una cooperativa y organizarse. Eran comienzos de los años 80.

Doscientos setenta mineros se asociaron y pidieron licencias para explotar la mina. Obtuvieron cuatro, inicialmente por diez años, y desde entonces han obtenido varias prórrogas.

En esa época, me dice Harbi Guerrero, el tataranieto de uno de esos mineros pioneros, los requisitos para obtener una licencia eran fáciles de cumplir. “Hoy exigen los mismos parámetros a la pequeña minería que a las multinacionales. Uno de los estudios que nos están pidiendo para renovar la licencia nos cuesta 30 millones”, dice. “A la pequeña minería ya no le dejan un espacio”.

Harbi tiene unos 40 años. Lo entrevisté en su casa en La Estancia, uno de los condominios más elegantes en las afueras de Pasto. Como toda su familia, él también fue minero. Trabajó en ‘La Canadá’ como lo hicieron su papá y su abuelo, pero él salió a estudiar administración de empresas y ha logrado diversificar su negocio. Sin embargo, dice que conserva su fe de minero. “Es como la del carbonero.”

Harbi está convencido de que, dado que el gobierno ha metido en el mismo saco a la minería ilegal y a la minería artesanal, los años del negocio familiar están contados, salvo que el gobierno rectifique. Pero mientras lo hace o el negocio se acaba, él le sigue metiendo todo su esfuerzo al futuro de la cooperativa de La Llanada.

Para entrar a formar parte de la cooperativa, el minero tiene que haber identificado una veta de oro y conocer el oficio; haber vivido más de cinco años en el municipio; no tener antecedentes penales porque, si es así, no se le puede vender la dinamita que es esencial en este oficio; y estar dispuesto a contribuir con el trabajo comunitario en las mingas que hace la cooperativa para abrir nuevos caminos y cosas por el estilo. A cada uno de los asociados, la cooperativa, que es la dueña de los títulos mineros, le entrega 20 metros de trabajo.

“De esa manera hay equidad en las oportunidades de trabajo sobre la veta”, dice Harbi. “Ya es iniciativa de cada propietario que le incorpore un método de trabajo.”

Los mineros comienzan su trabajo a las 4 de la mañana y trabajan hasta el medio día. Cada dueño de cooperativa tiene derecho a explotar hasta 20 metros de la veta de oro. Y para eso contrata empleados que ganan el mínimo pero tienen seguridad social.

Óscar Arciniégas lleva 11 años trabajando en la mina y es especialista en voladuras. Aquí está arreglando la dinamita, que luego introducen en una perforación de tres centrímetros de diámetro y vuelan con anfor para seguir cavando la mina. Dice que en todo ese tiempo no ha visto ningún accidente grave.

La piedra que van sacando de la mina va amontonandose en una montaña gigante de piedras, que luego serán transportadas y demolidas en la planta de beficiadero para desprenderles a punta de presión del agua las partículas de oro.

La mina

Una mina de oro es una ciudad bajo tierra, llena de recovecos y de pequeñas cuevas, en cada una de las cuales trabaja un grupo de mineros. Es una aldea de hombres. Existe la leyenda de que la presencia de las mujeres en una mina arruina la posibilidad de encontrar la veta de oro. Yo no conocía ese mito, y al parecer mi guía tampoco, porque accedió a meterme dentro de ‘La Canadá’, en el sector de ‘Las Moscas’.

Bajamos 350 metros. Allí, en uno de los socavones, un grupo de tres mineros, preparaba una explosión. Óscar Arciniegas, que lleva trabajando 11 años en ‘La Canadá’, estaba alistando la dinamita, que es el bien más preciado para un minero.

La cooperativa facilitaba la compra de explosivos a las autoridades militares y tenía la licencia para distribuirla entre sus asociados. Pero a raíz de los nuevos requisitos que impuso el Ministerio de Defensa para vender explosivos, llevan más de un año sin poderlos comprar.

“Es un círculo vicioso”, me explica Harbi. “El Departamento de Control de Armas y Explosivos le tira la pelota a Ingeominas”. Entre los requisitos para venderles la dinamita está que la mina tenga un certificado técnico-jurídico. Y para obtenerlo, tienen que demostrar, entre otras cosas, que tienen un sistema de evacuación de gases de la mina y también unos estándares laborales, como que todos los mineros estén en el régimen contributivo de salud.

“De un lado se exige que se afilie a los mineros, pero no se nos ofrecen las facilidades para tener asistencia en salud en el pueblo. Nos toca ir hora y media a Samaniego, el pueblo vecino”, dice. Y aún cuando varios de los asociados quieren afiliar a sus trabajadores a la seguridad social, no pueden. Positiva Arp, la aseguradora del Estado, no afilia los 300 mineros porque les parece una profesión de alto riesgo salvo que ellos mismos sean los dueños de la licencia. Entonces, quedan en un limbo.

En La Llanada se da uno cuenta de la cantidad de piñones que le faltan a la locomotora minera.

Aún así, tanto Arciniégas, el experto en voladuras, como los mineros que están taladrando la veta para meterle la dinamita, me dicen que tienen contrato laboral y seguridad social (están más asegurados que los obreros de la exploración de la mina La Colosa, en Cajamarca, a quienes AngloGold Ashanti contrata por honorarios y por solo tres meses).

Arciniegas nos lleva hasta la veta de oro. Son unas líneas blancas en la piedra. Yo me emociono al verla. Brilla en la penumbra. Logro entender la obsesión que genera en los mineros seguir su curso, perseguirla más adentro, acabar con ella.

Cerca de la veta, dos mineros están taladrando un hueco de tres centímetros de diámetro. Por allí meterán la dinamita. La prenderán con anfor, correrán fuera de la mina, esperarán la explosión, volverán a sacar la piedra, y así cavarán la mina un poco más. Llevan treinta años en eso. Y los cálculos son que podrán vivir de la mina unos 50 años más. 

Varias volquetas recogen la piedra en la mina. De la piedra que no tiene oro sacan bloques y con eso han pavimentado todas las calles de La Lllanada.

Hay tres tipos de oro. El de la Llanada es oro libre, en el cual la partícula de oro está adherida a la piedra y se puede separar mediante agua. También hay oro común y es cuando el oro está dentro de la piedra, que debe fracturarse para que libere la partícula de oro con una concentración de agua. En La Llanada no utilizan cianuro ni mercurio para diluir las partículas de oro.

En esta máquina, la piedra es triturada con unas hastas pesadas que dan vueltas a gran velocidad.

La piedra triturada luego pasa por este 'cedazo' donde se termina de despreder el oro puro, en un proceso similar al de las bateas, pero tecnificado.

La cooperativa ha creado un taller de orfebrería para que las mujeres y los jóvenes trabajen en el diseño de joyas con el oro de la mina.

Las joyas son luego vendidas en el Hilo de Oro, una joyería que también pertenece a la cooperativa. La ambición de la cooperativa es ser certificada internacionalmente como un proyecto de comercio justo, lo cual le pondría una prima adicional del 15 por ciento al precio del oro que venden.

La conversión

Hernando José Gómez, el director de Planeación Nacional ha dicho que la minería es una necesidad para el país. “Es un activo que tenemos que cambiar por desarrollo”, me dijo cuando lo entrevisté. Es precisamente lo que ha sucedido en La Llanada.

Aunque la cooperativa existe desde los ochenta, fue a mediados de los 90 cuando comenzaron a tecnificar la minería. Hasta 1994, la Corporación Autónoma de Nariño había promocionado la minería sostenible pero una reforma les quitó esa función a las CAR.

Entonces Luis Eduardo Ramos abandonó Corponariño, y asumió el liderazgo de la Oficina Municipal para Asuntos Mineros de La Llanada, recién creada para prestarle a los mineros la asesoría técnica que antes ofrecía Corponariño.

Ramos dice que lo primero que se puso a hacer fue a investigar y a diseñar un Plan de Acción para la cooperativa que tenía una muy buena organización pero dependía de nueve intermediarios, que eran unos usureros.

“Llegaban en diciembre y le decían a los mineros que estaban sin plata para comprar. Y justo antes del 24, cuando los mineros querían comprarle algo a los hijos para Navidad, ofrecían comprar pero a mitad de precio. Y todos les vendían”, dice.

La cooperativa creó la comercializadora Empresa Aurífera La Llanada. Al principio, no le quedó fácil combatir a los intermediarios, porque si bien estos abusaban, también prestaban un servicio fundamental a los mineros: eran su banco. Les prestaban plata, o les compraban la barrena y la dinamita, y así empeñaban al minero. Como el intermediario revendía el oro en Ecuador, no tenía que pagar las regalías del 4 por ciento y le daba un dos por ciento al minero.

“Otros compraban el oro para venderlo como regalías en Medellín”, me dice Luis Eduardo. Le digo que no entiendo. Entonces me explica el ‘verdadero’ negocio del oro.

Los narcotraficantes compran oro en Nariño, que no es un lugar minero por excelencia, y lo llevan por la puerta de atrás hasta Antioquia, donde tienen un título minero de una mina improductiva o no tan productiva y lo hacen pasar como si lo hubieran sacado de allí. Ingeominas no tiene ninguna forma de saber realmente cuánto es la producción por mina y entonces le cree al dueño de la licencia lo que diga.

Con ese oro van al Banco de la República o –desde que el gobierno de Uribe lo permitió después de la restructuración de Minercol que acabó con las regionales mineras del Banco– a unas comercializadoras internacionales en Medellín. Allí lo venden y su dinero queda blanqueado en minutos.

Otras veces le cambian a los alcaldes las regalías con ese oro traído de otros sitios por contratos para vías, por ejemplo.

El resultado concreto de haberle quebrado el negocio a los intemediarios es impresionante, especialmente para un municipio como La Llanada. En 1997 recibía un millón de pesos en regalías al año. El primer año después de creada la Comercializadora de la cooperativa, recibió 46 millones. Ahora recibe 160 millones de pesos anuales, que se han convertido, como dice el director de Planeación, en desarrollo.

Con el apoyo de la mina, y usando los bloques que salen de la piedra de la mina que no tiene oro, pavimentaron todas las calles del pueblo. La estación de Policía, la Alcaldía y la plaza central son construcciones típicas de municipios mucho más grandes. Hay un bus escolar que recoge a los niños de las veredas. Y todo el municipio vive directa o indirectamente del oro, que mueve unos 1.400 millones de pesos mensuales.

La Alcaldía y la Gobernación invirtieron en la comercializadora de la cooperativa que es una empresa de economía mixta, y que ahora también le compra el oro a Samaniego y a los Andes. El secreto para crecer, dice Ramos, es que lograron negociar con la comercializadora internacional en Medellín que les compra toda la producción, un mismo precio de compra por 15 días. Esto les permitió una ventaja sobre los demás intermediarios.

La Gobernación y la Alcaldía también invirtieron en la planta de beneficios donde sacan el oro de la piedra. Gracias a la composición minerológica del oro de La Llanada que permite separarlo de la piedra con batea, esta comunidad es una de las pocas que no usa cianuro ni mercurio. Usarlo les permitiría hacer el proceso más rápido, pero los de la cooperativa están empeñados en ser acreditados internacionalmente como un ‘proyecto de comercio justo’.

“El oro extraído con conciencia ambiental obtiene una prima adicional del 15 por ciento”, dice Harbi. Y es a esa certificación que están apuntando. Hay solo tres proyectos mineros pilotos de comercio justo: uno en el Chocó, otro en Cumbitara (también en Nariño) y el de La Llanada. Para lograrlo tienen que cumplir con unos estándares sociales, ambientales y laborales.

Además de la planta de beneficios, la cooperativa ha creado otras empresas satélite. Tiene una ferretería gigante que le suministra todos los equipos a la mina. Un taller de metalmecánica que se encarga del mantenimiento de la maquinaria. Un taller de orfebrería donde sobre todo mujeres aprenden el arte de la joyería y el almacén Hilo de Oro donde venden lo que hacen. Es todo un proceso de integración vertical que le da empleo a una buena parte del pueblo.

El plan ahora es convertir a los dos colegios del municipio, o por lo menos a uno de ellos, en un colegio con énfasis en minería. La Alcaldía ya firmó un convenio con la Gobernación, que el Ministerio de Educación aprobó, para que los niños salgan con conocimientos de minería y con un año adicional de estudios en la Universidad de Nariño tengan el título de técnico minero y con dos años más de Ingeniero Minero. Porque, paradójicamente, el país se está metiendo de lleno en la minería pero solo hay dos facultades del país que enseñan minería, y una de ellas con énfasis en metalurgia. La Universidad de Nariño espera tener la tercera facultad.

Los planes tanto de Harbi como de Luis Eduardo apuntan a que el futuro de los niños de La Llanada estará ligado a la minería. Pero también son conscientes del reto que se avecina.

Ya han llegado cartas de varias multinacionales interesadas en entrar a la zona. La prórroga de la licencia de la cooperativa en los mismos términos está en veremos porque Ingeominas alega que esas áreas están ubicadas en una reserva forestal. Y los obstáculos para obtener la certificación técnico-jurídica para que el Ministerio de Defensa les venda los explosivos son grandes. Frente a tantas trabas, una oferta grande de una minera internacional podría ser una tentación.

Por ahora, Harbi dice que la cooperativa resistirá: “Sí nos han pintado cosas muy lindas, pero lo que hemos visto es que dejan desolación y pobreza. Es mejor obtener un sustento, así sea poquito, ir sacando el oro poco a poco, a que nos paguen una gran cantidad y no saber qué hacer con eso”.

Vea la mina por dentro: