martes, 1 de marzo de 2011

SANCOCHO DE ÁCIDO, CARBÓN Y MERCURIO – JUAN GOSSAIN ENglish

Por: JUAN GOSSAÍN / CARTAGENA DE INDIAS | 9:28 p.m. | 06 de Diciembre del 2010/ El Tiempo
El alcatraz que vuela entre mis sueños lleva en su enorme pico una quimera... (Walt Whitman, Hojas de hierba).
Una mañana de mayo pasado, los viejos madrugadores del pueblo de Marytown, perdido en las costas que bordean el sudeste de los Estados Unidos, se levantaron como todos los días a echarles unas migajas de pan a los pájaros marinos que merodean con mansedumbre por los patios y que se han ido convirtiendo en sus amigos.
Lo que vieron los dejó espantados: las gaviotas de cabeza negra, que son tan bellas, también tenían negro el plumaje. Del pico les goteaba una mancha babosa. No podían levantar el vuelo de la arena, con las patas hundidas en una masa de chapapote pastoso, como el asfalto cuando se derrite. Una de las gaviotas miró a la gente pidiendo ayuda.
Según cuentan los testigos, más allá de la playa, cerca del río, tres garzas morenas habían muerto con los ojos despepitados. El guiso espantoso que navegaba corriente abajo, matando todo lo que se le atravesara, era la mezcolanza de petróleo crudo de la empresa British, que cayó pocos días antes a las aguas del Golfo de México.
A esa misma hora los alcatraces de la bahía de Santa Marta, al norte de Colombia, desayunaban su ración cotidiana de buñuelos de carbón. El periodista Antonio José Caballero, grabadora en mano, esperaba en la playa el regreso de los pescadores que habían salido a trabajar temprano. Mientras aguardaba, la cámara de su teléfono celular retrató la pala enorme de un barco carbonero que arrojaba al mar el polvo negro que sobró en las bodegas.
A esa misma hora, en las playas legendarias de Juanchaco y Ladrilleros, cerca de Buenaventura, los lancheros de cabotaje que llevan carga y pasajeros por los pueblos que se arraciman en las orillas del Pacífico limpiaban sus motores preparándose para un nuevo día de trabajo. Como si fuera la cosa más natural del mundo, arrojaban al mar el contenido de unos tanques repletos de residuos de gasolina, queroseno y diésel. Un langostino magnífico, que medía un jeme, iniciaba el día tomándose su primera taza de combustible. Cuando vi la fotografía en El País de Cali me dieron ganas de echarme a llorar.
A esa misma hora, en la zona industrial de Cartagena de Indias, abierta sobre la bahía del Caribe resplandeciente, los trabajadores de una compañía empacadora se sentaron a desayunar en los comedores de su empresa. En ese momento volvieron a ver, como venía sucediendo en las mañanas más recientes, que una nata de tizne cubría la superficie del café con leche, y que una mermelada negra, tan semejante al betún de limpiar zapatos, se había pegado al pan y al queso blanco.
Entonces, no aguantaron más. Se levantaron todos, sin que nadie los hubiera convocado, y comenzaron a golpear los platos contra los mesones. La algarabía se oyó en media ciudad. Las autoridades ambientales ordenaron el cierre de un muelle vecino, que se dedica a cargar carbón a cielo raso, sin mayores precauciones ni cuidados, sin tubos cerrados ni conductores protegidos. Seis días después el muelle fue reabierto.
A esa misma hora, en la región acuática de La Mojana, que cubre un gigantesco territorio húmedo de los departamentos de Bolívar, Sucre y Antioquia, bajaban resoplando los ríos Cauca y san Jorge, que se desbordan en caños y ciénagas. El apóstol Ordóñez Sampayo, que se ha gastado la vida defendiendo de la contaminación a campesinos, cosechas y animales, apareció en la plaza de Guaranda con el dictamen médico en la mano: los doctores certificaban que los tres niños que nacieron deformes tenían mercurio en el sistema sanguíneo.
El terrible mal de Minata, como lo saben los japoneses, porque las empresas en cualquier parte del mundo, en Tokio o en Majagual, arrojan porquerías químicas a las corrientes, y primero se pudren las aguas, y después nacen degenerados los peces y los camarones, y después nacen sin ojos los niños cuyas madres, en aquellos caseríos extraviados de la mano de Dios, consumen esa agua y esos pescados.
En las cabeceras de ambos ríos, las compañías mineras, que buscan oro entre la tierra, hacen sus excavaciones con un sancocho de mercurio y ácidos. Arroyos y acequias se llevan el mazacote. Los bocachicos mueren con la boca abierta en los playones. Las espigas de arroz no volvieron a crecer.
En medio del desastre causado por las inundaciones, y como si fuera poco, las yucas harinosas de antes florecen ahora con un hongo químico a manera de cresta. El hambre campea entre los pocos ranchos que no se ha llevado el invierno. Las emanaciones de las lagunas huelen a lo mismo que huele un laboratorio de detergentes.
Hay que decir, también, que los empresarios mineros se defienden diciendo que Ordóñez Sampayo está loco. Claro que está loco: ningún hombre cuerdo expone su pellejo ni dedica su vida entera a defender a un ruiseñor, una mojarra, un plátano pintón, una mazorca de maíz o a una mujer embarazada que carga un fenómeno en el vientre.
Epílogo
Aquella mañana, cuando los pescadores de Santa Marta regresaron a la playa, el periodista Caballero los acompañó en su tarea de descamar y abrirles el buche a los escasos pescados que traían.
-¿Qué es eso? -preguntó, intrigado, al ver unas bolas negras en el estómago de un bagre.
-Carbón, amigo -le contestó uno de ellos, levantando el animal-. Pelotas de carbón. Eso es lo que comen ahora.
Caballero tomó más fotografías y se las llevó a algunos funcionarios de la industria carbonera.
-No se preocupe -le contestó el gerente-. Vamos a construir un nuevo muelle de última generación.
-No lo dudo -dijo el reportero, con una mueca de dolor que parecía sonrisa-. No lo dudo: será la última generación.
El día que Caballero me contó esa historia, y me enseñó sus fotografías, ya no sentí ganas de echarme a llorar, como la vez aquella del langostino bañado en combustible. Lo que sentí ahora fue rabia. Cuando ya no quede una sola hoja de acacia, cuando el último pulpo haya muerto atragantado con ácido sulfúrico y cuando nuestros nietos nazcan con un tumor de carbón endurecido en la barriga, entonces será demasiado tarde. Dispondremos de computadores infrarrojos de última generación, pero ya no habrá agua para beber; los celulares de rayos láser se podrán comprar en las boticas, pero el sol no volverá a salir; los niños encontrarán el algoritmo de 28 a la quinta potencia con solo cerrar los ojos, pero dentro de 20 años no sabrán de qué color era una golondrina.
Los invito a todos a ponerse de pie antes de que se marchite el último pétalo. Usen el arma prodigiosa del Internet para protestar. Hagan oír su voz. Que el correo electrónico de los colombianos sirva para algo más que mandar chistes y felicitaciones de cumpleaños. Porque, si seguimos así, el día menos pensado no quedará nadie que cumpla años. Ni quién envíe felicitaciones.
JUAN GOSSAÍN

El Reto es Repetir: Chile y el rescate de los mineros from elprofetata on Vimeo.

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The pelican flying in my dreams in his huge beak has a dream ... (Walt Whitman, Leaves of Grass).
One morning last May, the old town of Marytown risers, lost off the coast bordering the southeastern United States, rose as usual to throw them some crumbs of bread to the sea birds that wander through the courtyards meekly and have gradually become friends.
What they saw left them aghast: black-headed gulls, which are so beautiful, they also had black plumage. Beak dripping a stain them slug. They could not take flight from the sand, legs buried in a mass of tar doughy, like asphalt when melted. One of the seagulls looked at the people asking for help.
According to the witnesses have, beyond the beach, near the river, three blue herons were killed seeded eyes. The awful stew sailing downstream, killing everything you go through, was the mixture of crude oil from the British company, which fell a few days before the waters of the Gulf of Mexico.
At that same time the pelicans in the bay of Santa Marta, northern Colombia, ate breakfast fritters his daily ration of coal. The reporter Antonio José Caballero, recorder in hand, waiting on the beach, the return of the fishermen who had gone to work early. While waiting, the camera in your cell phone portrayed the huge shovel coal ship thrown into the sea to the black powder left over in the holds.
At the same time, in the legendary beaches and Ladrilleros Juanchaco near Buenaventura, the cabotage boaters carrying cargo and passengers through the towns that are clustered on the shores of the Pacific cleaning their engines in preparation for a new workday. As if the most natural thing in the world, thrown into the sea the contents of some tanks full of gasoline residues, kerosene and diesel. A great shrimp, measuring a Jerne, began the day taking his first cup of fuel. When I saw the picture in El Pais in Cali made me want to throw me to mourn.
At the same time, in the industrial zone of Cartagena de Indias, opened on the glittering Caribbean bay, workers at a packaging company sat down to breakfast in the dining room at your company. At that time seen again, as has been happening in recent mornings, a cream of soot covered the surface of coffee and a black jelly, so like Shoe polish, had stuck to the bread and cheese.
So do not take it anymore. All rose, but nobody had called, and started to hit the plates against the mesons. The uproar was heard in half the city. Environmental authorities ordered the closure of a nearby spring, which is dedicated to carry coal to ceiling, without further precautions or care, without tubes closed or covered conductors. Six days later the pier was reopened.
At that same time, the region's aquatic Mojana covering a huge territory wet the departments of Bolivar, Sucre and Antioquia, blowing down the rivers Cauca and San Jorge, which overflow into streams and wetlands. The apostle Ordonez Sampson, who has spent their lives defending pollution farmers, crops and animals, appeared in the square of Guaranda with medical opinion in hand: the doctors certified that the three children were born deformed mercury blood system.
The Minato terrible evil, as do the Japanese, because companies anywhere in the world, in Tokyo or Majagual, throw rubbish chemical flows and water rot first, and then degenerate born fish and shrimp , and after children are born without eyes of mothers, in those villages lost in the hand of God, that water and consume those fish.
In the headwaters of both rivers, mining companies, seeking gold in the world make their digs with a stew of mercury and acids. Streams and ditches will carry mazacote. The bocachicos die with their mouths open in the flats. The ears of rice did not come to grow.
In the midst of the disaster caused by floods, and last but not least, the starchy cassava before now with a fungus bloom chemical way to crest. Hunger abounds among the few ranches that has not been winter. The fumes smell gaps as well as a laboratory detergent smells.
We must also say that mining companies defend themselves by saying that Ordonez Sampson is crazy. Sure he's crazy, no sane man exposes his skin and devotes his life to defend a nightingale, a crappie, a banana ripening fruit, an ear of corn or a pregnant woman who charges a phenomenon in the womb.
Epilogue
That morning, when fishermen from Santa Marta returned to the beach, the Knight journalist accompanied them on their task exfoliate and open the belly of the few fish they had brought.
- What is that? He asked, puzzled, seeing a black ball in the stomach of a catfish.
-Coal, friend, "answered one of them, raising the animal. Coal balls. That's what I eat now.
Knight took more pictures and took some officials of the coal industry.
"Do not worry," replied the manager. We will build a new dock art.
"No doubt," said the reporter, with a grimace of pain that seemed to smile. No I doubt it will be the last generation.
The day that Knight told me that story, and showed me his photographs, and did not feel like me out to mourn, like the time that the shrimp bathed in fuel. What I felt now was rage. When there is no one piece of acacia, when the last octopus is dead choked with sulfuric acid and when our grandchildren are born with a tumor of hard coal in the belly, then it is too late. Computers will have art infrared, but no water to drink, cell phones laser can be purchased in pharmacies, but the sun will rise again, children find the algorithm 28 to the fifth power with only close eyes, but in 20 years will not know what color it was a swallow.
I invite you all to stand before the last petal wilt. Use the Internet super-weapon to protest. Make your voice heard. E-mail that Colombians serve for more than just sending jokes and birthday greetings. Because if we continue like this, when you least expect will not be anyone whose birthday. Or who sent congratulations.
Juan Gossain